El mundo está lleno de viajeros, unos van a sus negocios, otros a su trabajo y otros a sus casas; unos corren en busca de ganancias y otros van tras los placeres; unos andan llorando y sufriendo, otros riendo y en apariencia gozando; como dice la Biblia: "comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento". (Mateo 24:38).
Todo viajero, al partir, tiene fijado su destino. La vida es un viaje para la eternidad y cada uno marcha sin interrupción.
Si bien la sepultura da fin a nuestro viaje terreno y se acaban las amarguras o alegrías de aquí abajo, con todo, nuestro destino está más alla de la tumba.
¿No posee usted un sentimiento interior que se lo dice?
Al pasar da la eternidad usted se dará cuenta que la vida allá es otra.
¿Es usted amigo del placer? En el sepulcro no lo hallará. ¿Tiene usted ambiciones? Allí acabarán. ¿Está usted afanándose en recoger riquezas de este mundo? Tampoco podrá llevarlas consigo.
La muerte desvanece la ambición, la muerte marchita el placer; la muerte, en fin acabará con todo lo que ocupa sus pensamientos y deseos.
Puede usted morir muy pronto. Empero, la muerte no es el fin de todo. No, es sólo la puerta que da entrada a la eternidad. La cuestión es, pues, ¿qué destino será el mio allá? ¿Será el cielo o el infierno? ¡Ah! Reflexione usted ahora: ¿Cuál será su destinación?
Si usted es un creyente en el Señor Jesucristo, confiando solamente en El, usted ya es salvo y está destinado para el cielo, el cual será su morada eterna.
Más si todavía no ha aceptado al Señor Jesús como su propio Salvador, entonces, a consecuencia de que sus pecados no son perdonados y por despreciar el valor de la sangre preciosa que El derramó en el Calvario por amor a los pecadores, usted está viajando con rumbo al infierno.
Algunos piensan que no es posible que haya infierno. Alegan que Dios es demasiado amoroso para castigar eternamente sus criaturas. Se olvidan las tales personas que Dios también es justo y que no forzará a un hombre a que entre al cielo en contra de su voluntad.
Cada uno escoge en esta vida su destino.
Si al fin se pierde, él mismo será el único responsable. Dios ofrece salvar al pecador que desde hoy escoge a su Hio como su propio Salvador y viaje con El en el camino hacia el cielo (Juan 14:):6).
Enun cementerio de Italia se lee el siguiente epitafio: "Los restos que descansan bajo la placa que lleva tan rara inscripción son los de un fiel creyente en Cristo que había leído en el Nuevo Testamento estas palabras dichas por el Señor: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25). Y en otro pasaje: "El que rehusa creer en el Hijo no vera la vida" (Juan 3:36).
El sabía que la sentencia ya ha sido pronunciada en forma irrevocable. Es necesario asegurar el destino estando aún en vida sobre la tierra".
Amigo: ¿A dónde va usted?
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