Por Víctor Ml. Pérez Quiñones
Oscilaba yo entre los 15 y 16 años, cuando por 4ta. Vez Dios salvó mi vida.
Éramos un grupo de amiguitos que nos sentábamos en el viejo parquecito de los 3 bancos de cemento, en la calle Presidente Henríquez, a esperar que cruzaran las locomotoras (máquinas) con los vagones por las líneas férreas de los ingenios azucareros Porvenir y Santa Fe.
Esos vagones arrastrados por las locomotoras, venían de Santa Fe y Porvenir hacia el almacén (aún está ahí), cargados con sacos de azúcar crema y refina, para ser exportadas al extranjero, especialmente a EE.UU, por el muelle local.
Entonces el grupo de adolescentes esperábamos el regreso de las locomotoras hacia Santa Fe y Porvenir, para montarnos en los vagones vacíos. Una vez montados, empezábamos a brincar de uno a otro, asi como de saltar de los vagones hacia la calle y volver a subir, lo que era un gravísimo peligro.
Ya habían ocurrido algunas desgracias. En la subida hacia la lomita de la escuela Puerto Rico, tres jovencitos cayeron debajo de las ruedas de hierro de los vagones y murieron descuartizados, en hechos diferentes.
De igual manera una de esas locomotoras, embistió uno de los coches (ya desaparecidos), que traía a una mujer parida del hospital "Rancho Grande" muriendo ella y la criatura, asi como el cochero resultó herido y el caballo que halaba el coche murió también.
Pues bien, la mayoría de las veces que montábamos los vagones de las locomotoras, nos quedábamos horas "montando", buscando frutas y comiendo caña subidos en los grandes vagones traídos de los campos cañeros para moler las cañas en los molinos de Santa Fe y Porvenir.
También cuando bajamos a pie ya un poco tarde, veníamos con un paquete de caña y con mangos, cajuiles y otras frutas, en los montes de Sarmientos (hoy urbanizados), en la calle Luis Amiama Tió, cerca de la zona franca que eran propiedad de un señor llamado don Paco.
Eso lo hacíamos casi todos los días. Una tardecita, montamos en los vagones vacíos de la locomotora del ingenio Santa Fe. Empezamos a saltar vagones hacia tierra unos contra otros.
En uno de esos saltos yo caí a tierra y cuando quise agarrarme de la orilla de un vagón, me resbalé y caí debajo del vagón, Dios me ayudó a rodar sobre mi cuerpo y salir de debajo de las ruedas de hierro que estaban a punto de destrozar mi cuerpo.
Eso ocurrió en la calle María Trinidad Sánchez, esquina Duvergé, frente al taller "La Rosa", de la familia del amigo Robin Rosa. Yo no sé muy bien, cómo fue que me salvé, ahora sé muy bien que fue mi Dios que me salvó de morir triturado y despedazado.
Recuerdo que caí debajo del vagón y vi las ruedas que venían sobre mí, y, fue entonces, que me di vueltas sobre mi cuerpo y me salí de debajo del vagón.
Cuando mis compañeros saltaron de los vagones, porque me creían muerto, yo estaba sentado en el pavimiento, donde descubrí que las ruedas del vagón de la locomotora, me habían quitado uno de mis zapatos de gomas (que se usaban en ese tiempo) y noté que mi media estaba toda llena de grasa de las que le ponen a las ruedas de los vagones.
O sea, que una de esas ruedas me quitó un zapato y me dejó la grasa que tenía en mi media. De tal manera que yo pude resultar muerto una vez o con una pierna mutilada; Dios mi Señor, que ha tenido un propósito conmigo desde que me puso en el vientre de mi madre, volvió a salvarme, porque hoy yo soy cristiano pentecostal, en los caminos de Dios, he aprendido a amar, a perdonar, y, estoy predicando la palabra y el evangelio del Señor a todos mis prójimos. Gracias mi Señor, porque tú inscribiste mi nombre en el Libro de la Vida, escribe a mis hijos, esposa, hermanas, sobrinos, primos, tíos, nietos, biznietos, a mis amigos, a mis enemigos, a mis hermanos en la fe. Amén.
Espere la quinta vez que Dios salvó mi vida

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